En lo que podrían haber llegado a convertirse las infantas.

La trenza y la pinza en cuestión.
Y de repente llegó él. Encontró a su príncipe caduco en París. Se casó con un vestido de Petro Valverde mal medido y mal patronado, porque uno de los hombros le dió más trabajo de lo esperado. Tranquila amor mío, pensaba Marichalar, verás cuando te presente a unos cuantos amigos que voy a hacer yo gracias a mi nuevo estatus, como te voy a dejar niquelada. Y así fue. Muy poco a poco y casi sin darnos cuenta, la Infanta lucía su colección de Chaneles 2.55, pamelas, Capriles y Lacroixes varios que nos dejaban sin palabras.


Pero llegó el cese temporal de la convivencia y con él, los pantalones con estampados incomprensibles y las americanas de principios de los 90 que ni con la excusa de que son vintage se salvan.
Así que cuando la vi en la real boda sueca no pude menos que casi saltar de alegría. Había vuelto. Sin Marichalar. Dándonos en las narices a muchos que ya no confíabamos en ella. Mi nariz sigue herida del batacazo, pero con gusto. Bienvenida Elena, te echábamos de menos.